Todo proceso de innovación parte de la identificación de las necesidades latentes, debemos clarificar en qué tenemos que innovar, un nuevo producto o servicio, o un nuevo modelo organizativo en la empresa, o un cambio tecnológico en el proceso productivo, etc. Esa necesidad puede venir dada, entre otros, por la exigencia de los clientes, por nuestros competidores, una nueva estrategia comercial.
Una vez que hemos identificado las necesidades, pasamos a la etapa de generación de ideas o conceptos. La técnica más común para llevar a cabo esta fase es el “brainstorming” o tormenta de ideas. Se trata de producir el mayor número de ideas en el menor tiempo posible, de la cantidad sale la calidad, por lo que no debemos poner barreras al pensamiento de los participantes ni valorar ni descartar ninguna idea por absurda que parezca.
A partir de aquí debemos hacer una evaluación de las ideas generadas, aquí si debemos valorar todas las ideas, ordenarlas de más a menos importantes y agruparlas en base a las necesidades detectadas al inicio. Debemos definir una serie de criterios de valoración para los grupos de ideas resultantes, esos criterios pueden ser, por ejemplo, coste de implementación, rentabilidad, dificultad técnica de su desarrollo, ... Una vez definidos los criterios, debemos ir analizando los grupos de ideas bajo cada uno de estos criterios.


Una vez decidida la innovación a desarrollar, se llevará a cabo el procedimiento final que será el trabajo de diseño de prototipo, si lo hubiera, y la implementación final y aplicación del elemento innovador.
Como reflejábamos anteriormente, lo importante es la implicación de toda la organización, tanto en la generación como en el análisis de las ideas resultantes, así como naturalidad del proceso. La innovación ha de existir en la organización como algo normal e inherente a la empresa como la fabricación , la distribución o la venta.
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